Lo que la Luna le enseñó al Sol

7/7/202611 min read

Sin esperar a la respuesta, Lira comenzó a tocar. Asu reconoció la canción con la primera nota. Era su canción. La que ella cantaba cada noche al mar. Asu siempre había cantado sola, nunca había esperado compartir esa canción con nadie, pero supo de inmediato que era lo correcto.

Cerrando los ojos Asu comenzó a cantar, esta vez no para el pueblo, ni para el Canto, si no para ella. Se dejó llevar por el viento y las olas, más vivas que nunca. Aceleraron, frenaron, pero siguieron cantando todos juntos. La armónica de Lira parecía susurrar al viento, mientras este hablaba con el mar. Al llegar al final de la canción, todos juntos volvieron a empezar. La canción ya no le pertenecía solo a ella. Habían creado algo nuevo.

Y entonces, Asu abrió los ojos.

Un cielo del color de su cabello se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El techo del mundo, que siempre había sido azul, parecía hecho de fuego; pero no del fuego que quema, si no del que calienta. Asu siguió cantando, estrofa tras estrofa, hasta que, cuando el viento marcó el último compás, todos callaron de golpe.

El mundo pareció volver a respirar. El cielo había recuperado su tono azul, aunque todavía quedaban rastros del fuego en las nubes. El sol empezaba a asomar por el horizonte.

«Así qué ahí es donde estabas».

Asu respiró hondo, pues le faltaba el aire. Nunca había necesitado tanto al cantar. Lira mantenía la mirada fija al horizonte, sonriente, con la armónica en la mano. Tras unos instantes de silencio, Lira habló.

—¿Lo entiendes ahora?

Asu tardó en responder.

—Creo que sí —Aquello era precioso, pero el Canto también lo era. Y para ella era importante, era su vida—. Lira, ¿no echas de menos el Canto? ¿No te da pena estar aquí tú solo?

—Por supuesto. Cada día, cuando os veo a todos ir hacia el Canto, tan ilusionados, me invaden las dudas. Muchas veces he estado a punto de ir. Pero cada mañana cuando el sol sale por el horizonte, todas las dudas desaparecen. Para mí merece la pena. —Lira había dejado de mirar al horizonte, ahora la miraba a ella—. Además, ya no estoy solo, tú estas aquí.

Asu sintió que se le calentaban las mejillas.

—Asu, ¿quieres venir aquí conmigo de vez en cuando?

De pronto, Asu se dio cuenta de que no podía recordad si había fallado la nota. ¿O simplemente habría dejado de importarle?

El sol, habiendo recuperado su habitual forma circular, calentaba su piel. Mecida por el ruido del mar, los ojos de Asu comenzaron a cerrarse, hasta que dio una pequeña cabezada. Al verlo, Lira soltó una corta risa. Asu se tumbó sobre la arena, apoyando la cabeza sobre el regazo del chico. En ese momento entendió la sonrisa de Lira, pues ella misma la tenía en su rostro. Calentada por el sol, Asu cerró los ojos.

—Creo que la próxima vez me saltaré el Canto.

FIN

Érase una vez una chica con el cabello del color del fuego. La gente la llamaba Asu, aunque ella no sabía por qué aquel era su nombre. Cada cosa tenía un nombre, y a ella le tocó aquel, Asu. Demasiado mayor para ser una niña, pero demasiado joven para ser una mujer, Asu todavía vivía en la granja de sus padres. Algunos decían que ya estaba en edad de casarse, pero a ella le parecía raro irse a vivir a otro sitio. Aquel era su hogar, siempre lo había sido.

—Venga, Asu, vamos a llegar tarde.

Aquella voz la sacó de sus pensamientos.

—Ya voy, mamá, solo un momento.

Con las manos manchadas de tierra, Asu arrancó el último fruto de la planta. Aquel día tocaba recolectar, su día favorito. Metió el fruto en la cesta que llevaba a su lado y se dirigió corriendo hacia la voz de su madre.

—Ya estoy. ¿Vamos?

La aldea, como cada día a esa hora, había empezado a escupir a sus habitantes. Y, tal y como su madre había dicho, se les había hecho tarde. Ellas eran las últimas en abandonar la aldea. O eso creían. En el borde del poblado un chico de cabello ceniciento estaba sentado en el suelo frente a un árbol, con la espalda apoyada en él. Asu recordaba haber pasado horas jugando con aquel chico cuando eran niños. Habían pasado años desde entonces.

—¡Lira! —llamó Asu al chico mientras corría hacia él—. ¿Qué haces aquí parado? ¡Vamos a llegar tarde!

El chico le respondió con una sonrisa y una voz cálida.

—Id vosotras, yo me quedo.

«¿Estará enfermo?», fue lo primero que Asu pensó, pero un movimiento de cabeza fue la única respuesta que supo dar.

—Adiós.

—Hasta mañana. Pasadlo bien —se despidió el chico al que Asu había llamado Lira.

Desconcertada, Asu preguntó a su madre por qué Lira no iba con ellas.

—Su familia está muy preocupada —fue la respuesta de su madre—, hace días que no quiere participar.

Siguieron caminando por el sendero que cruzaba el bosque. Los últimos rayos del sol les permitían ver el camino, pero lo conocían tan bien que no les hacía ninguna falta. Al fin y al cabo, lo recorrían todos y cada uno de los días. Al llegar al final del bosque, el tan conocido paisaje se abrió ante ellas.

El suelo, hasta ahora una mezcla de tierra y rocas, daba paso a un manto de arena blanca, fina como el polvo. Dejando los árboles atrás, la vista solo alcanzaba a ver un vasto mar, el cual parecía no tener fin. El sol, apenas una fina línea sobre el horizonte, se preparaba para dejar espacio a la noche. Todos los habitantes de la aldea —todos menos Asu, su madre, y el chico de cabello ceniciento— estaban sentados en un círculo alrededor de una hoguera. Un hombre mayor se había puesto en pie y había comenzado a hablar.

—¡Vamos Asu, corre!

Asu sentía la preocupación en la voz de su madre, como en ella misma, aunque no sabía por qué. Al acercarse pudieron comenzar a escuchar la voz del hombre que hablaba.

—Y así, ¡que de comienzo el Canto!

De pronto, decenas de instrumentos musicales —algunos de cuerdas, otros de viento, y unos pocos de percusión— comenzaron a sonar al unísono, tocando una música alegre. Los aldeanos que no poseían ningún instrumento se levantaron y comenzaron a bailar en parejas. Los pocos que no lo hicieron acompañaban el ritmo de la música con palmadas o pisotones secos sobre la arena.

—Menos mal, hemos llegado a tiempo —dijo aliviada su madre.

—¡Asu! —llamó una chica de cabello dorado, quien la agarró del brazo y la meció al ritmo de la canción—. Vamos a bailar.

Las dos chicas comenzaron a formar círculos sobre la arena con los pies descalzos, con los vestidos danzando con el viento. Asu era feliz. Se escuchaban sus carcajadas entre acorde y acorde, y cada parte de su cuerpo la animaba a seguir la música.

—¿Sabes qué le pasa a Lira? —preguntó en medio del baile, al acordarse del chico de cabello ceniciento—. Le he visto cuando salíamos del pueblo, ha dicho que no quería venir. ¿Crees que está enfermo?

—¡Hay que estar enfermo para no querer venir a esto! —gritó su amiga por encima de la música.

Todos los presentes participaban en el Canto. Unos bailaban, otros tocaban instrumentos, unos pocos cantaban. El Canto era tradición, era cultura; eran ellos. Aquello era lo que les definía.

Junto con los últimos compases de la canción, las dos amigas hicieron una más que practicada pirueta para terminar el baile. Asu jadeaba debido al esfuerzo, el pecho sudado subía y bajaba con cada respiración. La carrera hasta ahí no había ayudado a recuperar el aliento, pero mantenía la sonrisa en el rostro. Muchas veces había llegado a creer que aquello era por lo que vivía; que el Canto era lo que le daba sentido a la vida.

Asu era consciente de lo que venía a continuación, pero aun así ella siempre se hacía la sorprendida. Sus padres siempre le habían enseñado a ser humilde.

Todos y cada uno de los presentes se había parado en su sitio. Los músicos habían bajado los instrumentos, y los bailarines habían soltado a sus parejas. Todas las caras vueltas hacia ella, con una sonrisa en el rostro. El sol, ahora por completo bajo el horizonte, se enfrascaba en una batalla con los últimos rayos de luz para llevárselos con él. Los colores del día y la noche se mezclaban formando un violeta anaranjado sobre el horizonte.

Asu sabía lo que tenía que hacer. Soltó la mano de su amiga, y como cada día, se dirigió al mar, hasta que el oleaje comenzó a acariciarle los pies. El resto de aldeanos se congregaron a su alrededor, formando una media luna a su espalda.

Asu se llevo una mano al pecho y comenzó a cantar.

Todavía le seguía impresionando como la naturaleza respetaba aquel momento. Los animales dejaban de moverse, las personas parecían mantener el aliento por miedo a molestar. Aunque estuviese cantando sola, a Asu le gustaba imaginar que tenía dos músicos tocando con ella: el viento y el mar. Cada día a un ritmo distinto, siempre se adaptaban al canto de Asu. ¿O era ella la que se adaptaba al suyo? Lo cierto era que no le importaba. Ella amaba aquel momento, lo disfrutaba como ningún otro, y se sentía orgullosa de ser quien lo protagonizaba.

Verso a verso, Asu siguió cantando, disfrutando de cada momento, saboreando cada nota. Al acercarse a la última estrofa, Asu se armó de valor, decidida a acertar la última nota del último verso. Como si de una montaña se tratase, los versos subían en tono sin parar, hasta terminar en una nota aguda que debía ser sostenida en el tiempo por lo que parecía una eternidad. Asu subió y subió hasta plantarse frente al último verso.

Y falló.

Poco a poco, su dulce voz fue bajando, hasta dejar paso al sonido habitual de la naturaleza. Siempre cerraba los ojos al cantar, y al abrirlos, los últimos rayos de sol habían desaparecido, huyendo de su canción. Aquel día tampoco pudo acertar la última nota, aunque nadie nunca había mencionado tal desafino. Asu llegó a creer que era ella la única capaz de escuchar la nota torcida, que el resto de aldeanos creerían que así era como se cantaba. Ella tampoco se lo había comentado nunca a nadie. Aquella era su canción, y lo que ocurriese entre las dos, era cosa suya.

Como cada día, Asu agradeció al mundo aquella oportunidad; y como cada día, se lamentaba de haber vuelto a fallar.

El Canto siguió como siempre, ahora iluminado únicamente por la luz de la hoguera. Comieron, cantaron, y bailaron. Y sobre todo, disfrutaron. Pero aquella noche, más que ninguna otra, la nota desafinada se quedo en sus pensamientos.

Y la sonrisa de Lira. El rostro del chico no se despegó de su mente.

Y así pasaron los días. Asu se despertaba con el canto de los gallos —los cuales esperaban pacientemente a que el sol hubiera vuelto de su descanso—, ayudaba a sus padres con la granja durante el día, y se dirigía al Canto por la noche. Cada anochecer veía a Lira recostado contra el mismo árbol, y todos y cada uno de los días le invitaba a venir con ella.

—Gracias Asu, pero me quedo. Pasadlo bien —era siempre su respuesta.

Había algo en la sonrisa de Lira que la tranquilizaba. Muchos habían intentado convencerlo de que volviera al Canto, que siempre lo pasaban bien, pero él siempre respondía con una sonrisa. Algunos habían llegado a decir que se había vuelto loco, pero a Asu aquella sonrisa no le parecía la de ningún loco. Lo curioso era que nadie le había preguntado por qué no quería ir. A Asu le daba vergüenza, siempre le habían enseñado que no había que meterse en los asuntos de otros, y que había que respetar las decisiones que uno tomaba.

«¿Pero que nadie lo haga? —se preguntaba a menudo—. El viejo Cenn ha llegado a decirme cosas que solo un sinvergüenza diría, ya podía preguntárselo él directamente».

Un día, cuando Asu estaba trabajando en la plantación, su madre vino acompañada de un hombre y un chico de una edad parecida a la suya.

—Asu, este hombre y su hijo han venido a verte. Tienen algo que ofrecerte.

Aquel día Asu discutió con su madre con una ira que hasta entonces le era desconocida.

—¡Que no me voy a casar! —repetía Asu entre gritos—. ¡No conozco a ese hombre, y no quiero dejar la aldea!

—Asu, entiéndeme. —Su madre hablaba con dolor en la voz—. Sé que es difícil, pero desde que tu padre murió… No podemos seguir así, necesitas un futuro.

—¿Y qué futuro es ese? ¿Un futuro sin ti? ¿Sin el Canto?

La discusión siguió hasta que el sol finalizó su recorrido en el cielo. Había pasado toda la tarde esperando ese momento. Al menos el Canto la animaría. Siempre lo hacía.

Como cada día, Asu se acercó a Lira, esta vez llevada por la ira.

—¿Y tú por qué no quieres ir al Canto? —estalló Asu nada más verle—. Todo el pueblo se lo pregunta, pero nadie se atreve a preguntarte a ti.

Lira levantó la vista con su habitual sonrisa.

—Hola, Asu. ¿Qué tal? —preguntó con la voz calmada.

—Fatal. Respóndeme. ¿Por qué no quieres venir al Canto? ¿Es que te caemos mal?

Lira soltó una ligera risa.

—Porque me gusta ver el amanecer.

—¿El amanecer? ¡Si para eso hay que madrugar! —Tal vez sí que estaba tan loco como decían—. Nadie va nunca a ver el amanecer. Además, con lo cansada que estoy tras el Canto.

—Por eso mismo no voy— respondió Lira entre risas.

—¡Encima te ríes! Pues disfruta aquí tú solo.

—Adiós Asu, pasadlo bien.

«El amanecer, vaya tontería. —Asu era consciente de su enfado, pero no le importaba—. Encima que él tiene la opción de elegir…».

Aquella noche los animales no se callaron cuando ella cantó, ni las personas mantuvieron el aliento. Y lo peor de todo, no le importó fallar el último verso, le dio completamente igual. Por primera vez desde que tenía memoria, Asu no disfrutó del Canto.

Al llegar a casa, Asu no consiguió conciliar el sueño. Normalmente caía rendida tras el Canto, pero esa noche no cerró los ojos. Qué larga se hacía toda una noche sin dormir.

Presa de la inquietud, Asu se levantó de la cama y salió de la granja. Intentó hacer el mínimo ruido posible, aunque toda la aldea estuviese sumida en un profundo sueño. Ni siquiera los gallos parecían prestar atención; estarían esperando al sol, todavía bien escondido, donde sea que se escondiese.

No tenía una dirección clara, pero entendía donde debía ir. En la entrada del bosque, el chasquido de unas ramas a su espalda llamó su atención. Lira se encontraba de pie a escasos pasos de ella. Como cada día, Lira le lanzó una sonrisa, pero esta vez no dijo nada. Los dos caminaron en silencio hasta el mar.

Asu sabía muy bien por donde se escondía el sol, pero ¿saldría por el mismo sitio?

Al llegar a la playa Lira se sentó donde la noche anterior el resto de aldeanos se había sentado, pero él miraba al otro lado. Asu lo imitó, todavía en silencio. El aire enfriaba su piel, erizando el bello de sus brazos. Asu miró a la hoguera, que siempre había visto encendida, ahora apagada.

—¿Sabes por donde sale el sol? —preguntó Lira de pronto. Asu, avergonzada, no respondió—. Yo tampoco lo sabía. El primer día que vine, me quede toda la mañana mirando hacia donde el sol se había ido.

Asu se vio a sí misma cantando en aquella dirección incontables veces.

—Hasta que empecé a sentir calor en la espalda —siguió Lira—. Entonces lo comprendí. Entendí que no tenía ni idea.

El horizonte había empezado a clarear, anticipando el inminente final del cielo estrellado. Lira se llevó la mano al bolsillo y sacó un objeto metálico de él. Una armónica.

—Asu, ¿quieres cantar?