Todavía le seguía impresionando como la naturaleza respetaba aquel momento. Los animales dejaban de moverse, las personas parecían mantener el aliento por miedo a molestar. Aunque estuviese cantando sola, a Asu le gustaba imaginar que tenía dos músicos tocando con ella: el viento y el mar. Cada día a un ritmo distinto, siempre se adaptaban al canto de Asu. ¿O era ella la que se adaptaba al suyo? Lo cierto era que no le importaba. Ella amaba aquel momento, lo disfrutaba como ningún otro, y se sentía orgullosa de ser quien lo protagonizaba.
Verso a verso, Asu siguió cantando, disfrutando de cada momento, saboreando cada nota. Al acercarse a la última estrofa, Asu se armó de valor, decidida a acertar la última nota del último verso. Como si de una montaña se tratase, los versos subían en tono sin parar, hasta terminar en una nota aguda que debía ser sostenida en el tiempo por lo que parecía una eternidad. Asu subió y subió hasta plantarse frente al último verso.
Y falló.
Poco a poco, su dulce voz fue bajando, hasta dejar paso al sonido habitual de la naturaleza. Siempre cerraba los ojos al cantar, y al abrirlos, los últimos rayos de sol habían desaparecido, huyendo de su canción. Aquel día tampoco pudo acertar la última nota, aunque nadie nunca había mencionado tal desafino. Asu llegó a creer que era ella la única capaz de escuchar la nota torcida, que el resto de aldeanos creerían que así era como se cantaba. Ella tampoco se lo había comentado nunca a nadie. Aquella era su canción, y lo que ocurriese entre las dos, era cosa suya.
Como cada día, Asu agradeció al mundo aquella oportunidad; y como cada día, se lamentaba de haber vuelto a fallar.
El Canto siguió como siempre, ahora iluminado únicamente por la luz de la hoguera. Comieron, cantaron, y bailaron. Y sobre todo, disfrutaron. Pero aquella noche, más que ninguna otra, la nota desafinada se quedo en sus pensamientos.
Y la sonrisa de Lira. El rostro del chico no se despegó de su mente.
Y así pasaron los días. Asu se despertaba con el canto de los gallos —los cuales esperaban pacientemente a que el sol hubiera vuelto de su descanso—, ayudaba a sus padres con la granja durante el día, y se dirigía al Canto por la noche. Cada anochecer veía a Lira recostado contra el mismo árbol, y todos y cada uno de los días le invitaba a venir con ella.
—Gracias Asu, pero me quedo. Pasadlo bien —era siempre su respuesta.
Había algo en la sonrisa de Lira que la tranquilizaba. Muchos habían intentado convencerlo de que volviera al Canto, que siempre lo pasaban bien, pero él siempre respondía con una sonrisa. Algunos habían llegado a decir que se había vuelto loco, pero a Asu aquella sonrisa no le parecía la de ningún loco. Lo curioso era que nadie le había preguntado por qué no quería ir. A Asu le daba vergüenza, siempre le habían enseñado que no había que meterse en los asuntos de otros, y que había que respetar las decisiones que uno tomaba.
«¿Pero que nadie lo haga? —se preguntaba a menudo—. El viejo Cenn ha llegado a decirme cosas que solo un sinvergüenza diría, ya podía preguntárselo él directamente».
Un día, cuando Asu estaba trabajando en la plantación, su madre vino acompañada de un hombre y un chico de una edad parecida a la suya.
—Asu, este hombre y su hijo han venido a verte. Tienen algo que ofrecerte.
Aquel día Asu discutió con su madre con una ira que hasta entonces le era desconocida.
—¡Que no me voy a casar! —repetía Asu entre gritos—. ¡No conozco a ese hombre, y no quiero dejar la aldea!
—Asu, entiéndeme. —Su madre hablaba con dolor en la voz—. Sé que es difícil, pero desde que tu padre murió… No podemos seguir así, necesitas un futuro.
—¿Y qué futuro es ese? ¿Un futuro sin ti? ¿Sin el Canto?
La discusión siguió hasta que el sol finalizó su recorrido en el cielo. Había pasado toda la tarde esperando ese momento. Al menos el Canto la animaría. Siempre lo hacía.
Como cada día, Asu se acercó a Lira, esta vez llevada por la ira.
—¿Y tú por qué no quieres ir al Canto? —estalló Asu nada más verle—. Todo el pueblo se lo pregunta, pero nadie se atreve a preguntarte a ti.
Lira levantó la vista con su habitual sonrisa.
—Hola, Asu. ¿Qué tal? —preguntó con la voz calmada.
—Fatal. Respóndeme. ¿Por qué no quieres venir al Canto? ¿Es que te caemos mal?
Lira soltó una ligera risa.
—Porque me gusta ver el amanecer.
—¿El amanecer? ¡Si para eso hay que madrugar! —Tal vez sí que estaba tan loco como decían—. Nadie va nunca a ver el amanecer. Además, con lo cansada que estoy tras el Canto.
—Por eso mismo no voy— respondió Lira entre risas.
—¡Encima te ríes! Pues disfruta aquí tú solo.
—Adiós Asu, pasadlo bien.
«El amanecer, vaya tontería. —Asu era consciente de su enfado, pero no le importaba—. Encima que él tiene la opción de elegir…».
Aquella noche los animales no se callaron cuando ella cantó, ni las personas mantuvieron el aliento. Y lo peor de todo, no le importó fallar el último verso, le dio completamente igual. Por primera vez desde que tenía memoria, Asu no disfrutó del Canto.
Al llegar a casa, Asu no consiguió conciliar el sueño. Normalmente caía rendida tras el Canto, pero esa noche no cerró los ojos. Qué larga se hacía toda una noche sin dormir.
Presa de la inquietud, Asu se levantó de la cama y salió de la granja. Intentó hacer el mínimo ruido posible, aunque toda la aldea estuviese sumida en un profundo sueño. Ni siquiera los gallos parecían prestar atención; estarían esperando al sol, todavía bien escondido, donde sea que se escondiese.
No tenía una dirección clara, pero entendía donde debía ir. En la entrada del bosque, el chasquido de unas ramas a su espalda llamó su atención. Lira se encontraba de pie a escasos pasos de ella. Como cada día, Lira le lanzó una sonrisa, pero esta vez no dijo nada. Los dos caminaron en silencio hasta el mar.
Asu sabía muy bien por donde se escondía el sol, pero ¿saldría por el mismo sitio?
Al llegar a la playa Lira se sentó donde la noche anterior el resto de aldeanos se había sentado, pero él miraba al otro lado. Asu lo imitó, todavía en silencio. El aire enfriaba su piel, erizando el bello de sus brazos. Asu miró a la hoguera, que siempre había visto encendida, ahora apagada.
—¿Sabes por donde sale el sol? —preguntó Lira de pronto. Asu, avergonzada, no respondió—. Yo tampoco lo sabía. El primer día que vine, me quede toda la mañana mirando hacia donde el sol se había ido.
Asu se vio a sí misma cantando en aquella dirección incontables veces.
—Hasta que empecé a sentir calor en la espalda —siguió Lira—. Entonces lo comprendí. Entendí que no tenía ni idea.
El horizonte había empezado a clarear, anticipando el inminente final del cielo estrellado. Lira se llevó la mano al bolsillo y sacó un objeto metálico de él. Una armónica.
—Asu, ¿quieres cantar?