

Me acerqué lentamente a la estructura, esperando que mis padres estuviesen esperándome detrás de ella.
«Les encantan este tipo de cosas», me dije convencido.
Sí. A él también —dijo la voz, todavía más convencido.
Al acercarme al arco de piedra me fijé en una roca solitaria que había al otro lado. Me sorprendió no haberla visto antes, pues era la única cosa que contrastaba con la hierba.
Cruzando el arco de piedra me acerqué a la roca.
“Zeruan norbera ikustean
galdu duena nahi du izan,
Zerura bat iristean
galdu duena du bertan”
Pasé el dedo por encima de la escritura; las letras, más que talladas en la roca, parecían ser parte de ella. Es una sensación difícil de explicar, pero al verlas, uno entiende que siempre han estado ahí. Me pregunté en qué idioma estaría escrito, pues las letras las conocía, pero las palabras carecían de sentido. Al igual que con el arco que acababa de cruzar, plantas y hebras de hierba cubrían la roca, pero todas respetaban el espacio alrededor de la inscripción.
Sin pensarlo demasiado, le hice una foto con el móvil.
«Qué fastidio —pensé—. Ahora encima no tengo cobertura».
Me giré de vuelta hacia el camino, pero me quedé helado, clavado como la piedra al suelo. El arco de piedra había desaparecido. Un manto de hierba uniforme cubría todo el suelo, sin ninguna marca donde antes pudo haber una estructura. Giré sobre mi mismo pero lo único que había a mi alrededor eran árboles, tan cerca los unos de los otros que apenas dejaban espacio para caminar entre ellos. El bosque parecía más vivo que nunca; los pocos pájaros que había escuchado cantar se habían multiplicado, y la maleza se sacudía constantemente con el movimiento de algún animal.
Cogí el teléfono y llame a mi madre. Un tono. Dos tonos. Tres… Y el ruido se partió con un chasquido ensordecedor. Aparté rápidamente el móvil de la oreja, y aun así, todavía podía escuchar el ruido de estática que casi me había dejado sordo. Observé la pantalla, todo parecía normal. La voz de mi cabeza rió hasta que corté la llamada.
Volví a llamar, esta vez con el altavoz lejos del oído. La misma estática respondió. Me imaginé mil motivos para no llamarlos en voz alta, todos igual de estúpidos pero perfectamente válidos para un chico de quince años. Así que me quedé ahí parado, callado como la roca a la que miraba. Abrí el mapa del teléfono en un último intento de entender lo que estaba pasando, pero eso tampoco funcionó.
Eché un último vistazo a la roca con la inscripción, y sin saber qué otra cosa hacer, volví al camino. El sendero también había cambiado: lo que antes había sido un pequeño desvío del camino principal era ahora una línea recta en la que no alcanzaba a ver el final.
No pasa nada —dijo la voz de mi cabeza—. No hay por qué tener miedo. Todo está bien.
Y así, con esa extraña tranquilidad, me adentré en el sendero desconocido.
El camino en ningún momento dejó de llevarme en línea recta, siempre arropado por centenares de árboles llenos de vida. Me llevé más de un susto cuando algún animal salió corriendo del sotobosque y cruzó el sendero de un lado a otro, pero en ningún momento sentí miedo; y estaba muy orgulloso de ello. Probé a llamar a mis padres un par de veces más, aunque yo ya sabía que no iba a funcionar. Varias veces me sorprendí con el móvil en la mano, abriendo y cerrando aplicaciones que sabía que no funcionarían, pero por lo menos fui lo suficientemente sensato como para haber guardado los auriculares en el bolsillo. La parte mala de ello es que no tenía manera de acallar la voz.
Tranquilo —decía la voz sin parar—. Tú puedes con esto. No eres un crío.
El sol había alcanzado una altura suficiente en el cielo como para comenzar a calentar de manera notable, aunque los árboles a mi derecha todavía proyectaban una sombra agradable sobre el sendero, dejando pasar una cantidad sorprendente de luz teniendo en cuenta lo densas que eran sus copas. No recuerdo cuando, pero me había quitado el jersey. Hice el amago de ponérmelo, pero al ver que no había nadie alrededor, me lo dejé atado a la cintura.
Entré en un extraño estado de calma: el viento mecía las hojas de los árboles, silbando al escurrirse entre sus ramas, los pájaros cantaban sus bien ensayadas canciones sin parar, y pequeños parches de luz calentaban mi piel mientras caminaba bajo una fresca sombra de primavera. Y lo que más calma me producía era saber que estando perdido en un bosque, no había nadie a quien engañar. Nadie, salvo a uno mismo.
Cualquiera pensaría que en una situación como aquella uno estaría cagado de miedo, y tendría toda la razón. Pero yo no sentía miedo, porque yo no era un crío, y los adultos no tienen miedo.
Tranquilo. Tú puedes con esto. No eres un crío.
Me di cuenta de que una desconocida ilusión crecía en mí: en aquel lugar nadie me preguntaría qué tal estoy, ni qué voy a hacer. Nadie esperaría nada de mí. Fantaseé con la idea de dejar mi vida atrás, y por una vez, vivirla.
Pisaba con firmeza, la cabeza alta, escuchando el sonido de la tierra bajo mis pies, de los pájaros al cantar. Y el sendero me respondió con un final. El camino torció noventa grados a la derecha, donde tras unos pocos metros el bosque terminó, dando paso al paisaje más bonito que había visto en mi vida. Un paisaje que yo ya había visto, pero no conocido. Un paisaje que muchos ya habréis adivinado como se veía.
Me encontraba en lo alto de una colina, de pie sobre un manto de fina hierba que se extendía durante kilómetros ladera abajo, variando el tono de verde a medida que el viento hacía a las hebras bailar. Al fondo del valle un bosque de árboles frondosos, algunos altos y otros no tanto, cubría la superficie de la tierra, escondiendo miles de seres vivos bajo su denso manto de hojas, algunas oscuras y otras más claras. En el centro del bosque, tan lejos de mí, y aún así tan grande que podría plantarle cara a un océano entero, un lago de un color azul grisáceo devolvía los rayos de sol en forma de destellos sobre el agua. Envolviendo el bosque en un abrazo, una cordillera de montañas grises delimitaba el borde del mundo, algunas cimas tan altas que la nieve se había posado sobre ellas. Pero ninguna llegaba si quiera a acercarse a la cumbre más alta de todas. Una montaña que había conseguido capturar un rayo, adoptando su forma, creando así una cresta que descendía zigzagueante desde la cima nevada, la cara este cubierta de una agradable luz anaranjada, y la oeste cubierta por la sombra creada por la cresta.
Ante ese maravilloso paisaje, me senté sobre la hierba con las rodillas recogidas en un abrazo.
—Bonito, ¿verdad? —dije en voz alta.
Pero esta vez la voz no respondió.
