El chico que sujetaba la puerta (Prólogo)

Primeras páginas del libro "El chico que sujetaba la puerta"

Xabier Mendizabal

7/13/202614 min read

Manchas oscuras pasaban a toda velocidad, apenas una sombra marrón y verde de lo que eran en realidad. Su movimiento no emitía ningún sonido, por lo menos ninguno que yo pudiese escuchar. El viento entraba desde la ventana abierta, alborotaba mi pelo, pero se mantenía en silencio. La tela del asiento hacía que me picasen las piernas. Nunca me había gustado ese coche.

Un sonido extraño se coló en mi silencio. Me quité un auricular y el bosque volvió a cantar, y el viento a soplar.

—¿Qué? —pregunté con mi habitual mezcla de indiferencia y astío.

—Solo te preguntaba si ibas bien.

Mi madre se había girado sobre su asiento, mirándome.

—Ya te he dicho que ya no me mareo —respondí de mala gana—. No soy un crio.

Eso último lo dije en voz baja, apenas un murmullo. Mis padres debían de estar acostumbrados a escucharme hablar de esa manera ya que ninguno respondió. Mi madre se dio la vuelta, mirándose minuciosamente las manos extendidas como si observase alguna mancha que no sabía como quitar. Hacía tres años que había adquirido ese hábito, aunque ella no fuese consciente de ello. Mi padre, con las manos al volante, formó una sonrisa, pero en seguida desapareció. Volví a ponerme el auricular, la música volvió a sonar, y el mundo a mi alrededor volvió a sumirse en silencio. Como picaba la tela del asiento.

Mi padre movió los labios: supongo que habló, aunque yo no lo oí, pero ya sabía lo que había dicho. Bajé el volumen de la música. Mi madre respondió con un movimiento de cabeza y una caricia en su brazo. En los últimos años habían dejado de hablar mucho entre ellos, por lo menos enfrente mía, pero aumentaron las muestras de afecto.

Deseé que aquellas palabras fuesen dirigidas hacia mí, pero tampoco me atreví a pedirlas. Debo admitir que yo no lo ponía demasiado fácil para que me hablasen; pasaba cada momento que estaba despierto con dos cables metidos en mis oídos, a veces incluso mientras dormía, y aquel día no era una excepción. Estiré el cuello para meterme en la conversación, pero ya había terminado. Metí la cabeza en el móvil y dejé que la música reemplazase el incomodo silencio.

Deslicé el dedo de manera inconsciente, pasando de la vida de una persona a otra. La música llenaba los silencios entre las voces de la pantalla, parando y empezando cada vez que deslizaba el dedo. Odiaba lo que hacía, lo odiaba desde el fondo de mi ser, pero ese ser hacía tiempo que estaba escondido en algún lugar muy profundo.

Deslicé el dedo. La canción siguió. Paró. Habló una voz. Un animal que no había visto nunca, y que probablemente nunca vería.

Deslicé el dedo. La canción siguió. Paró. Habló una voz. Un desconocido en un lugar desconocido.

Deslicé el dedo. La canción siguió. Paró. Habló una voz. Unas chicas bailaban frente a la cámara.

Deslicé el de-

Volví al video de las chicas. Lo repetí varias veces. Incliné el móvil y me aseguré de que mis padres mantenían la vista al frente. Fantaseé con una posible vida que me parecía imposible. Tenía quince años.

Deslicé el dedo.

Es difícil explicar lo natural e inconsciente que ese movimiento se había vuelto para mí. Algo tan simple como deslizar el pulgar, algo que todos hacemos constantemente hoy en día, pero que de tan poco nos ha servido en nuestra evolución. Pensadlo bien: si os quitasen las pantallas, ¿cuando utilizaríais ese movimiento de dedo?

Yo lo utilizaba sin pensar. La mayoría de veces ni siquiera recordaba lo que había desechado con ese movimiento. La vida de una persona, con todos sus miedos e inseguridades aparece y desaparece en lo que uno tarda en mover el pulgar.

Deslicé el dedo.

La voz de mi madre se coló entre los auriculares:

—Que si no te parece precioso, cariño —conseguí escuchar cuando repitió la pregunta.

Hablaba con una sonrisa expresada con el rostro entero. Incluso llegué a pensar que era real. Incluso mi padre había dejado de sonreír solo con los labios. Habíamos pasado a una carretera de tierra, tan estrecha que solo permitía a un vehículo pasar al mismo tiempo. Los árboles se volvieron más frondosos, muchas ramas incluso llegando a acariciar el coche a su paso.

—Deberíamos de hacer esto más a menudo —dijo mi padre mirándome por el retrovisor central.

—Sí, muy bonito —respondí yo con una sonrisa igual de falsa.

Tan pronto como dejaron de mirar en mi dirección borré la sonrisa del rostro y volví a sumergirme en el insaciable mundo que era la pantalla que tenía entre las manos.

Una notificación emergió desde el borde superior: mis amigos hacían planes para esa tarde. Sentí inmediato alivio al recordar que esta vez tenía una excusa para decir que no. Cada día me resultaba más difícil salir con ellos, y cada día que dejaba de salir, más difícil me resultaba al día siguiente. Aun así fingía que todo iba bien con ellos: en casa decía que ya no salían tan a menudo, y en la calle decía que en casa siempre había algún plan y que no tenía tiempo para salir. La cuestión es que yo no les echaba de menos, y ellos a mí tampoco.

Aun así, les mande una foto rápidamente sacada desde el coche, donde se veían a mis padres en los asientos delanteros. Escribí algún mensaje ofensivo que no recuerdo, burlándome de los planes absurdos que mis padres me obligaban a hacer, y tan pronto como cerré la conversación volví a la tarea de deslizar el dedo.

De pronto el coche paró. ¿Cuanto tiempo había pasado? La batería del teléfono marcaba que habría sido un rato largo pues estaba casi vacía.

«Ojalá aguante hasta que volvamos al coche», rogué.

Logré enfocar la vista en las manchas verdes que nos fueron siguiendo a lo largo de todo el recorrido. La primavera había traído consigo unos colores vivos como ninguna otra estación es capaz de replicar; las hojas vibrantes contrastaban frente al cielo azul libre de nubes, decenas de pájaros cantaban y revoloteaban sobre las ramas de los árboles, las cuales se extendían hasta abrazar a las del árbol siguiente, creando una bóveda que nos protegía del radiante astro en el cielo.

Pero yo estaba demasiado atontado como para apreciar nada de eso. A mis ojos los árboles eran manchas que tardaban un segundo de más en enfocarse, y el sol una bola de fuego que punzaba mis globos oculares cuando osaba mirar en su dirección.

Mi padre salió del coche con unos movimientos enérgicos, levantó los brazos por encima de la cabeza y estiró todo su cuerpo.

—La espalda me está matando —se quejó entre gruñidos—. Más le vale al médico que estos paseos me ayuden.

—¿Acaso la compañía de tu mujer y de tu hijo no son suficiente motivo para dar un paseo? —lo reprochó mi madre mientras le masajeaba la espalda. Ambos sonreían como si nada—. Y quiero pensar que tú no te irás a pasar el día entero con la cabeza metida en el móvil.

Respondí con una sonrisa complaciente y metí el móvil en el bolsillo. Me dejé los auriculares puestos con música sonando.

—Algo es algo —dijo ella levantando los hombros.

—Así el paseo es más agradable —expliqué—, como si tuviese una banda sonora.

Ella respondió con un suspiró mezclado con una risa y animó a mi padre a comenzar la marcha con un suave empujón. Agarré el jersey del coche antes de cerrarlo. A diferencia de mis padres, me puse el jersey directamente.

—¿De verdad? Con el calor que hace… —me juzgó mi madre.

—Vas a acabar sudando y te vas a enfriar —añadió mi padre.

—Siempre acabas pillando catarros de esa forma.

Yo respondí como siempre: levantando los hombros.

—Así me libro de ir al instituto.

—Bien, así yo me quedo en casa a cuidarte —respondió mi madre con tono satisfecho—. Que Papá se vaya a trabajar de mi parte.

Mi padre se giró rápidamente.

—¡Sí, hombre! Yo también quiero quedarme en casa.

Ambos rieron al mismo tiempo. Yo me uní un segundo más tarde.

—Pues nada, nos quedamos todos en casa —zanjó mi madre el asunto—. Pero otro día. Ahora a pasear, que hace un día muy bueno.

Habíamos aparcado el coche en un claro vacío al final del camino. Nos sorprendió no ver ningún otro coche en un día festivo tan soleado como aquel. La “carretera” de tierra terminaba en aquel claro, desde el que salía un camino de tierra más estrecho, cerrado a vehículos con una cadena sujeta a dos postes bajos, donde colgaba un cartel que decía: “Solo vehículos autorizados”.

Rodeamos uno de los postes bajos que cerraban la entrada y comenzamos a recorrer el camino; mis padres por delante, y yo como siempre unos pasos por detrás. Intenté dejarme llevar por la música, levantar la vista al caminar, disfrutar del paseo. Porque así es como era yo. O como me veía.

«Claro que el móvil no me hace falta. No soy como los otros», me decía a mí mismo.

—Ojalá hubiésemos venido alguna vez con él —escuché a mi madre decir en voz baja en una pausa entre canciones—. Ahora entiendo porque le gustaba tanto.

Bajé la cabeza. Ya tenía el móvil en la mano, desbloqueado y reproduciendo un vídeo.

Tampoco creo que escuchar música todo el día sea la costumbre más sana que uno pueda adoptar, sobre todo si uno se vuelve incapaz de realizar actividades básicas sin ese estímulo; pero hay una gran diferencia entre tener música de fondo mientras se camina a que distintas voces no dejen de hablarte sin parar sobre miles de temas distintos. Y así es como yo vivía. Centenares de voces, si no miles de ellas, sin callar un solo momento, la mayoría a una velocidad sobrehumana, sin permitirte un segundo de silencios. Pero una voz siempre se diferenciaba del resto, una voz que vivía fuera de la pantalla y que me acompañaba a cualquier lugar al que intentase escapar.

No me eches a mí la culpa —escuché decir a la voz—. Sabes que es culpa tuya.

Deslicé el dedo.

Deslicé el dedo.

Deslicé el dedo.

¿Qué acababa de ver? Da igual, no era importante.

Deslicé el dedo.

La parte de mí que más pena sentía de mí mismo consiguió salir a flote hasta que pude formar el pensamiento: «Un vídeo más y lo dejo».

Deslicé el dedo.

Una imagen estática apareció en pantalla, una imagen que sin movimiento desprendía más vida que cualquiera de los borrones que acababa de deslizar. Un lago de un color azul cristalino ocupaba el centro de la imagen, rodeado por un bosque de árboles perfectos, de copas densas como densa era la tierra sobre la que crecían, llenas de hojas de miles de tonalidades de verde diferentes. Por los bordes de la imagen una cordillera de grises montañas abrazaba el paisaje, y en el centro de todas ellas, la montaña más alta se alzaba con orgullo, una montaña con una forma difícil de olvidar, una montaña que parecía haber sido esculpida a semejanza de un relámpago, zigzagueando hasta llegar a una punta que parecía tocar el cielo.

Y reinándolo todo, por encima incluso de la montaña más alta, lo que más falta me hacía: silencio. Los auriculares se volvieron barreras que defendían mis oídos a capa y espada de cualquier vibración del exterior. Solamente un sonido persistió, un sonido que salía de mis adentros, el sonido más importante que uno puede escuchar: el latido de mi corazón.

La imagen pulsaba de vida con cada latido, miles de animales sacudían la hierba a su paso, peces saltaban del agua en busca de alimento o para evitar ser devorados por otros. Imaginé como las hojas de los árboles se mecían al viento, los patrones que la luz del sol formaría al pasar entre las hojas. Pero ni siquiera aquel momento de paz pudo durar mucho tiempo.

Ya es suficiente, ¿no crees?

Cerré la aplicación y metí el móvil en el bolsillo. De pronto me di cuenta de que había dejado de escuchar la voz de mis padres.

«¿Cuanto tiempo he estado ahí parado?», me pregunté.

Un ligero temor comenzó a emerger entre la constante distracción, lo suficiente como para que me quitase los auriculares. Los sonidos del bosque reemplazaron a la música.

—¿Papá? ¿Mamá? —los llamé, aunque sin alzar demasiado la voz.

Nadie respondió. Seguí caminando por el camino de tierra.

«Seguramente estén un poco más adelante, el camino no tiene pérdida», me decía mientras apretaba el paso ligeramente más de lo habitual.

En efecto, el camino no tenía pérdida. Seguí el sendero perfilado por árboles a ambos lados, asegurándome de que en cada giro no hubiese una salida que por algún motivo yo no viese.

Seguí el camino hasta llegar a una bifurcación. Más que una bifurcación, se trataba de una parada en el camino: el sendero de tierra pisada extendía un brazo hacia un espacio abierto, un círculo perfecto de hierba que los árboles habían formado. En el centro una estructura de piedra de unos tres metros de altura se alzaba inmóvil. Parecían dos columnas verticales unidas por una tercera piedra en horizontal, aunque en realidad eran una única piedra, sin uniones entre ellas, lisa como la obra de un maestro escultor. Hebras de hierba acariciaban la estructura al mecerse con el viento, y plantas brotaban de la tierra a su alrededor, creciendo y enredándose entorno a ella. Parches de musgo cubrían el arco en distintas partes, más en la base que en lo alto de esta.

Me acerqué lentamente a la estructura, esperando que mis padres estuviesen esperándome detrás de ella.

«Les encantan este tipo de cosas», me dije convencido.

Sí. A él también —dijo la voz, todavía más convencido.

Al acercarme al arco de piedra me fijé en una roca solitaria que había al otro lado. Me sorprendió no haberla visto antes, pues era la única cosa que contrastaba con la hierba.

Cruzando el arco de piedra me acerqué a la roca.

Zeruan norbera ikustean

galdu duena nahi du izan,

Zerura bat iristean

galdu duena du bertan”

Pasé el dedo por encima de la escritura; las letras, más que talladas en la roca, parecían ser parte de ella. Es una sensación difícil de explicar, pero al verlas, uno entiende que siempre han estado ahí. Me pregunté en qué idioma estaría escrito, pues las letras las conocía, pero las palabras carecían de sentido. Al igual que con el arco que acababa de cruzar, plantas y hebras de hierba cubrían la roca, pero todas respetaban el espacio alrededor de la inscripción.

Sin pensarlo demasiado, le hice una foto con el móvil.

«Qué fastidio —pensé—. Ahora encima no tengo cobertura».

Me giré de vuelta hacia el camino, pero me quedé helado, clavado como la piedra al suelo. El arco de piedra había desaparecido. Un manto de hierba uniforme cubría todo el suelo, sin ninguna marca donde antes pudo haber una estructura. Giré sobre mi mismo pero lo único que había a mi alrededor eran árboles, tan cerca los unos de los otros que apenas dejaban espacio para caminar entre ellos. El bosque parecía más vivo que nunca; los pocos pájaros que había escuchado cantar se habían multiplicado, y la maleza se sacudía constantemente con el movimiento de algún animal.

Cogí el teléfono y llame a mi madre. Un tono. Dos tonos. Tres… Y el ruido se partió con un chasquido ensordecedor. Aparté rápidamente el móvil de la oreja, y aun así, todavía podía escuchar el ruido de estática que casi me había dejado sordo. Observé la pantalla, todo parecía normal. La voz de mi cabeza rió hasta que corté la llamada.

Volví a llamar, esta vez con el altavoz lejos del oído. La misma estática respondió. Me imaginé mil motivos para no llamarlos en voz alta, todos igual de estúpidos pero perfectamente válidos para un chico de quince años. Así que me quedé ahí parado, callado como la roca a la que miraba. Abrí el mapa del teléfono en un último intento de entender lo que estaba pasando, pero eso tampoco funcionó.

Eché un último vistazo a la roca con la inscripción, y sin saber qué otra cosa hacer, volví al camino. El sendero también había cambiado: lo que antes había sido un pequeño desvío del camino principal era ahora una línea recta en la que no alcanzaba a ver el final.

No pasa nada —dijo la voz de mi cabeza—. No hay por qué tener miedo. Todo está bien.

Y así, con esa extraña tranquilidad, me adentré en el sendero desconocido.

El camino en ningún momento dejó de llevarme en línea recta, siempre arropado por centenares de árboles llenos de vida. Me llevé más de un susto cuando algún animal salió corriendo del sotobosque y cruzó el sendero de un lado a otro, pero en ningún momento sentí miedo; y estaba muy orgulloso de ello. Probé a llamar a mis padres un par de veces más, aunque yo ya sabía que no iba a funcionar. Varias veces me sorprendí con el móvil en la mano, abriendo y cerrando aplicaciones que sabía que no funcionarían, pero por lo menos fui lo suficientemente sensato como para haber guardado los auriculares en el bolsillo. La parte mala de ello es que no tenía manera de acallar la voz.

Tranquilo —decía la voz sin parar—. Tú puedes con esto. No eres un crío.

El sol había alcanzado una altura suficiente en el cielo como para comenzar a calentar de manera notable, aunque los árboles a mi derecha todavía proyectaban una sombra agradable sobre el sendero, dejando pasar una cantidad sorprendente de luz teniendo en cuenta lo densas que eran sus copas. No recuerdo cuando, pero me había quitado el jersey. Hice el amago de ponérmelo, pero al ver que no había nadie alrededor, me lo dejé atado a la cintura.

Entré en un extraño estado de calma: el viento mecía las hojas de los árboles, silbando al escurrirse entre sus ramas, los pájaros cantaban sus bien ensayadas canciones sin parar, y pequeños parches de luz calentaban mi piel mientras caminaba bajo una fresca sombra de primavera. Y lo que más calma me producía era saber que estando perdido en un bosque, no había nadie a quien engañar. Nadie, salvo a uno mismo.

Cualquiera pensaría que en una situación como aquella uno estaría cagado de miedo, y tendría toda la razón. Pero yo no sentía miedo, porque yo no era un crío, y los adultos no tienen miedo.

Tranquilo. Tú puedes con esto. No eres un crío.

Me di cuenta de que una desconocida ilusión crecía en mí: en aquel lugar nadie me preguntaría qué tal estoy, ni qué voy a hacer. Nadie esperaría nada de mí. Fantaseé con la idea de dejar mi vida atrás, y por una vez, vivirla.

Pisaba con firmeza, la cabeza alta, escuchando el sonido de la tierra bajo mis pies, de los pájaros al cantar. Y el sendero me respondió con un final. El camino torció noventa grados a la derecha, donde tras unos pocos metros el bosque terminó, dando paso al paisaje más bonito que había visto en mi vida. Un paisaje que yo ya había visto, pero no conocido. Un paisaje que muchos ya habréis adivinado como se veía.

Me encontraba en lo alto de una colina, de pie sobre un manto de fina hierba que se extendía durante kilómetros ladera abajo, variando el tono de verde a medida que el viento hacía a las hebras bailar. Al fondo del valle un bosque de árboles frondosos, algunos altos y otros no tanto, cubría la superficie de la tierra, escondiendo miles de seres vivos bajo su denso manto de hojas, algunas oscuras y otras más claras. En el centro del bosque, tan lejos de mí, y aún así tan grande que podría plantarle cara a un océano entero, un lago de un color azul grisáceo devolvía los rayos de sol en forma de destellos sobre el agua. Envolviendo el bosque en un abrazo, una cordillera de montañas grises delimitaba el borde del mundo, algunas cimas tan altas que la nieve se había posado sobre ellas. Pero ninguna llegaba si quiera a acercarse a la cumbre más alta de todas. Una montaña que había conseguido capturar un rayo, adoptando su forma, creando así una cresta que descendía zigzagueante desde la cima nevada, la cara este cubierta de una agradable luz anaranjada, y la oeste cubierta por la sombra creada por la cresta.

Ante ese maravilloso paisaje, me senté sobre la hierba con las rodillas recogidas en un abrazo.

—Bonito, ¿verdad? —dije en voz alta.

Pero esta vez la voz no respondió.