El café de la mañana
¿Necesitas café para empezar a trabajar?
Xabier Mendizabal
7/7/20264 min read
El hombre observaba la cafetera. De pie frente a la encimera, demasiado cerca de ella, el ligero vapor con olor a café lo golpeaba en el rostro. Gotas de líquido oscuro golpeaban la base del recipiente con un ritmo constante, y el grano molido, húmedo y apretado contra las paredes del filtro, brillaba como minerales sobre una roca oscura. Como todas las mañanas, lo había preparado con una meticulosa coreografía.
«Casi no me quedan filtros», pensaba mientras el olor del grano tostado lo ayudaba a despertar. «A ver si me acuerdo de ir a comprarlos».
Como si de pronto se hubiese acordado de ello, cogió un cuenco del suelo y lo llenó de agua.
«Odio dejarlo atado toda la noche. Espero que haya aguantado sin mearse en la alfombra».
El incesante sonido de centenares de coches, todos de camino al trabajo, se colaba en su cocina desde la ventana abierta. El hombre se imaginaba qué sería de la vida de todas aquellas personas, esperaba que todos tuviesen el trabajo con el que habían soñado de niños. ¿Si él lo había conseguido, por qué otros no iban a poder?
«Aunque hoy tengo tanto que hacer… Debería de empezar con la caja».
Como siempre que comenzaba con un nuevo proyecto, sus emociones eran una mezcla de ilusión y pereza por la cantidad de trabajo. Pero primero lo primero: el café.
Las últimas gotas cayeron del filtro, el hombre lo levantó, lo agitó un par de veces y lo retiró al fregadero. El filtro resonó al golpear contra la pila de platos sucios que llevaba días acumulándose. Los granos de café mojado se esparcieron por toda la pila, sumando más quehaceres a la lista interminable. Vertió el café recién hecho en una taza con manchas de café viejo en el fondo. Al abrir la nevera un fuerte olor a carne lo golpeó.
«Me lo comeré antes de que se ponga malo», se prometió a sí mismo.
Agarró un brik de leche, lo agitó, y se desanimó al ver lo poco que pesaba. Rezó para que fuese suficiente. Escurrió hasta la última gota, apretó el cartón hasta que sus nudillos se tornaron blancos, y aun así, le faltaba un punto de leche al café.
Movió un taburete para llegar al estante superior, donde guarda los cartones sin abrir, pero lo retiró al recordar que acababan de subir el precio de la leche.
«Me tendré que apañar con esto».
Dio un sorbo al café y la amargura lo decepcionó. Volvió a mover el taburete, cogió un nuevo brik de leche, y añadió lo poco que le faltaba. Mucho mejor.
Ahora sí, con un buen café en la mano, y el cuenco con agua en la otra, echó un último vistazo por la ventana, la cerró, y se dirigió a su estudio.
Nada más abrir la puerta el sonido de la correa al tensarse y un ligero llanto llegaron a sus oídos.
—Ya va, ya va… —dijo el hombre con un tono cansado—. Te he traído agua. Espero que todavía no tengas que hacer pis.
Dejó el cuenco en el suelo y lo empujó con el pié. La correa se tensó aun más. Se acercó con calma hasta una mesa alta, donde dejó el café e inspeccionó sus herramientas: estaban tal cual las había dejado. Perfecto.
El llanto se intensifico y las correas crujieron con más fuerza. El hombre descorrió las cortinas, dejando entrar más luz. Las ventanas, cerradas, pues no tenían manera de ser abiertas, bloqueaban el sonido de la carretera.
—Hace un día maravilloso, ¿no te parece? —Unas nubes negras cubrían el cielo—. Perfecto para quedarse en casa y trabajar.
El llanto se intensificó y las correas se tensaron hasta crujir como un árbol que está a punto de caer.
—Tranquilo, chico. Primero el trabajo, y si te portas bien, te dejo beber. Eso sí, ni se te ocurra mearte encima.
El hombre se acercó a una radio antigua que había en una cómoda junto a una pared, giró una rueda, y música clásica comenzó a sonar desde el aparato.
—Han subido el precio de la leche, ¿sabes? —siguió hablando—. Aunque a ti eso no te importa. ¡No es como que ahora vayas a ir a comprar leche!
El hombre rompió en una carcajada. Rió demasiado alto durante demasiado tiempo. Al final tuvo que dar un sorbo al café para tranquilizarse. Al apartar la taza de sus labios emitió un sonido de satisfacción.
—Maravilloso.
Las correas habían dejado de tensarse, y el llanto se había convertido en un murmullo ahogado. El hombre observó las herramientas, describió extrañas figuras en el aire con el dedo extendido mientras decidía con cual empezar.
—¡Ah! Esta.
Bajó la mano y agarró un bisturí plateado. Agarró una silla alta con ruedas y la acercó a la mesa que ocupaba el centro de la habitación. Se sentó y comenzó a tararear la melodía de la musica que sonaba por la radio.
—Una canción espléndida, aunque por supuesto tú no sabrías apreciarla.
Los remaches metálicos de las correas tintinearon al chocar contra la mesa. El hombre posó su mano sobre la frente de su paciente, pues mientras este temblase, él no podría hacer su trabajo.
—Shhh, tranquilo. No pasa nada.
Levantó el bisturí y procedió a inspeccionar su estado. Debía estar en perfectas condiciones.
—Vamos a empezar por la caja torácica. —Los llantos se volvieron más audibles, pero el crujido de las correas había cesado—. Una pequeña incisión por debajo de las costillas, para que tú lo entiendas.
El hombre, satisfecho con la condición de su herramienta, formó una gran sonrisa y ajustó la mordaza de su paciente. Toda la pereza había desaparecido. Solo quedaba ilusión.
—Bueno, ¿empezamos?
Las correas se tensaron hasta crujir como un trueno, y el llanto se convirtió en un aullido ahogado.
El sonido de la lluvia contra la ventana se hizo sonar por encima de la música, y el hombre agradeció tener un trabajo que tanto le gustaba.
